Mundo

Baños públicos

Historias de miedo.

Aprovechando la temporada, quiero hablarles de cosas de miedo, cosas que nos asustan desde que éramos unos pequeñuelos, de esas que marcan muy hondo y no se borran. Esta vez hablaré de ir al baño en algún lugar público.

Una cosa es estar en la casa y tener que llevar a los cafés al súper tazón, sin broncas, hasta agarramos una revista, el celular o un libro, yo me leí varios mientras me enterraba los codos en las rodillas, es más, hasta si se nos olvida qué llevarnos para entretenernos, leemos la etiqueta del shampoo. Pero todo eso es en terreno conocido, en nuestro hogar, ahí no nos puede pasar nada de nada, lo terrible es cuando el retortijón sorprende fuera de la zona segura, es ahí cuando nuestros peores miedos aparecen, cuando el señor mojón amenaza con manchar todo a su paso.

Y este miedo comienza en la primaria, los niños son crueles y uno sólo usaba el baño para hacer pipí. En la primaria nunca conocía a un niño que fuera al baño para soltar el tamarindo. Pero lo peor venía en la secundaría, la pubertad volvía todo terrible, en serio que si conocieron a alguien que en la secundaría fuera al baño y dijera “voy a sacar al topo”, en este momento es asesino a sueldo o algo así, ese nivel de frialdad no es normal.

Partiendo de ese miedo que se sembró desde chicos, llegan los momentos de miedo.

El estadio, apoyando al equipo de fut, tomándonos una chela y coreando las porras de apoyo o algún gol, cuando casi al medio tiempo el estómago dice “no más esto ya es tu bronca”, y lo único que piensasn es “voy de una vez antes de que llegue el medio tiempo y todos vayan”. Corremos a uno de los túneles y nos apresuramos al baño, no sé en el caso de las mujeres, pero el baño de los hombres pues literal huele a estadio, un mingitorio largo, comunal, sucio y oloroso, no hay bronca, ese no lo voy a usar, pero cuando uno abre la puerta de donde está el W.C. Es el horror, pero el recto avisa que ya no puede más y la taza no tiene ni el asiento de plástico, es nalga vs porcelana, y la porcelana está manchada y se nota a lo lejos que también está medio húmeda,  la ves, te mira de vuelta, la empapelas sin desperdiciar el poco papel que hay por suerte, te giras y le das la espalda, no sabes por qué estás confiando en ese monstruo, aunque no hay muchas opciones. Doblas las rodillas poco a poco, aunque el asiento esté empapelado no piensas tocarlo, te agarras de las paredes frías, los pantalones en los tobillos, las rodillas tiemblan ya, empiezas a sudar del esfuerzo y aún no comienzas a pujar, de repente, una estampida de aficionados, locales y visitantes, todos entran a usar el mingitorio largo y los que sobran empiezan a usar los W.C. Los gritos desesperados se escuchan “ya sal, no es permanencia voluntaria”, los tóquidos en la puerta se vuelven golpes, sigues luchando contra la gravedad hasta que tus piernas no aguantan más y tienes que sentarte en la taza. El horror, el frio se siente en tus muslos y también se siente algún liquido que no quieres ni pensar que es. Terminas lo que tienes que hacer, sales de ese pequeño cuarto y pasas entre todos los hinchas, los ojos siempre fijos en el suelo, regresas a tu asiento, pero ya no te importa el partido, estás sucio… Ya qué, le pides otra chela al cervecero.

La primera vez que visitas la casa de la galana o el galán en turno, es cena familiar, te bañaste y pusiste la camisa que estaba limpia, recuerdas que no tienes que hablar como trailero y siempre dices gracias y por favor. Es más, si te ofrecen una chela o una cubita, dices “esté, es que no tomo, pero muchas gracias”, las mentiras fluyen y las miradas de los padres ilusos son de aceptación. La comida comienza a llegar y comes con la boca cerrada y hasta te pones una servilleta en el cuello de la camisa, eres la educación encarnada. Te ríes de cualquier tontería y sin dudarlo hasta cambias de creencias políticas, deportivas y religiosas, si te preguntan ¿cuáles son tus intenciones? La única respuesta que te sale es “las mejores, señor”, todo va perfecto y hasta aceptas un segundo plato de lo que sea que cocinaron, pero tu intestino te recuerda que en la tarde te echaste unos de pastor con queso y te amenaza, un intento de pedo toca la puerta de la salida de emergencia, cambias de color y el nerviosismo comienza. Haces cuentas de qué tanto te tardarás si pujas fuerte y sin miedo. Llega el momento que no querías y con un susurro suave le preguntas a tu bizcocho “oye ¿ puedo pasar a tu baño?”, la mamá metiche pregunta ¿quieres algo más, otro platito, algo de tomar?

NO SEÑORA, QUIERO SACAR UN KILO DE MI SER APESTOSO!!!!

“No, no, nada”, y escuchas una dulce voz de la persona que no pensaste que te traicionaría “ es que quiere ir al baño” y la mamá metiche nada más te dice “ay no te preocupes, está aquí en seguida a la vuelta”, le rezas a diosito de que la vuelta signifique salir del comedor, cruzar el salón de juegos, salir de la casa atravesar el jardín, pasar la alberca y unos 70 metros caminados este el baño insonorizado y con un aromatizante listo para usar, lamentablemente estás en un departamento en un 4to piso y la frase en seguida a la vuelta significa pararte de la mesa, dar unos 10 pasos y la primer puerta del pasillo, que por cierto no cierra bien, esa es la del baño. Te disculpas por un momento, te paras, caminas hacia el pasillo de los condenados, entras al baño y es de esos que por alguna razón apenas estás adentro, sabes que tienen eco. Revisas que el rollo este de un tamaño considerable para poder con las secuelas de lo que sucederá, te sientas  y comienzas a volverte Hulk. La operación es rápida, liberas a Willy y no te tardaste tanto, la confianza regresa a ti, comienzas la limpieza, te subes los pantalones, estiras tu mano para alcanzar la pequeña palanca metalica, empujas sin fuerza hacia abajo, la fuerza centrifuga se hace presente, el remolino de agua con una orca que gira y gira y gira y gira se empieza a detener, el agua sube, debería bajar pero sube, la orca café ya no nada, sólo flota. Tus ojos se llenan de pánico, unas lagrimas se asoman, sabes que ya valió madre todo, todo, TO-DO. No hay una bomba cerca, no sabes que hacer, un tóquido en la puerta “estás bien”, si te dieran a elegir, sin dudarlo dirías “mátenme, no hay bronca”, pero no hay elección, no hay bomba y no hay forma de hacer que eso se vaya por donde debiera. Sales apenado y sudando de nervios. Le dices a tu futur@ ex novi@, “me prestas tu bomba, es que se tapo”. Su mirada te dice todo, no es ella, eres tú y tu ballena café que flota en su baño.

Los conciertos y los festivales de música, de las cosas más bonitas que hay en la vida, ver a tu banda favorita o bandas, ir con tus amigos, corear las canciones, escuchar entre el público el hermoso grito de “¡CHELAS, CHELAS, CHELAS!”. Todo sería perfecto ese día, si no fuera porque el mismo diablo decidió crear una cosa que se llama Sanirent, una cámara de gas hecha de plástico azul, un aparato de tortura que usamos de manera consiente y voluntaria. Un festival al que van más de 20 mil personas y todas ellas entran a estas cajas de plástico azul al menos una vez. Entonces se vuelven como un contenedor azul lleno de pipí y… POPÓ que flota en esa pipí. En la noche cuando el festival ya está bien entrado en horas y los tetra pack azules gigantes están llenos y han sido usados hasta el hartazgo, es justo cuando nuestro intestino nos revela que siempre nos ha odiado y que hoy es la noche en la que cobrará venganza. El hornito pastelero está a 300 grados y el brownie ya se termino de cocer. Las luces de los escenarios se vuelven cegadoras, los gritos de los fanáticos suenan lejano, nuestros amigos brincan a nuestro alrededor y se miran felices, uno de ellos pasa su brazo alrededor de nuestra espalda y nos agita, nos invita a saltar con él y disfrutar la música. En ese momento nuestra mirada está muerta, muerta porque sabemos lo que tenemos que hacer, nuestro destino nos alcanzó,  lo volteamos a ver con una expresión que le quita la sonrisa de la cara y simplemente se despide, nos dice “si regresas, aquí te vemos”, caminamos hacia la muralla de plástico azul, la gente que pasa a nuestro lado no tiene caras, sólo son obstáculos antes de llegar a nuestro terrible destino. Nos paramos en frente de alguna de estas cajas mortales, la que sea que el seguro este de color verde, verde que indica que podemos pasar y esperar lo peor, y así es, apenas cruzamos el marco de plástico, una nube de olores fétidos, una combinación que nos hace llorar. El aire de adentro es denso, prácticamente estamos masticándolo. Esta taza al igual que todo el contenedor azul, es de plástico, un plástico manchada, mojado, y dios no quiera, caliente. Usamos todo lo que nos queda de espíritu para no tocar ni por error ese asiento que por alguna razón no es azul sino gris, lo logramos, sólo escuchamos un ¡plop! Lo logramos, podemos salir de ahí en poco tiempo, podemos regresar con los nuestros, podemos escuchar a otras bandas, podemos volver a vivir… No traemos ni Kleenex.

Nota del autor: no tengo idea de cómo funciona el sistema digestivo, sólo sé que nos odia.

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