¿Por qué no me gusta?

¿Por qué no me gusta que me roben?

Una oda a la Ciudad de México

Sí, entiendo, a nadie le gusta que lo roben, que lo atraquen, que le den baje con sus cosas, esas cosas que con tanto esfuerzo las consiguieron, o tal vez fue un regalo, o yo que sé, el punto es que a nadie le gusta que le quiten sus cosas por las malas o en algunos casos con una habilidad que ni sentimos cuando nos lo sacaron.

En mi caso me han robado pocas cosas, y sin lujo de violencia, alabado sea diosito Bimbo. Una vez iba a un concierto y me sacaron el celular en el metro, ni sentí, nadita, nada, nada de nada, de verdad que el tipo que lo hizo pudo haber sido un gran prestidigitador. Alguna vez un tipo me robo en la calle, a ese si lo vi de frente, me puso un cuchillo o navaja, la verdad no le pregunté que era sólo sentí la puntita contra mi carnita, y me quitó lo que llevaba, mi celular y 20 maravillosos pesos, también traía una bolsa con un juego de X-Box y cuando me lo quiso quitar, valientemente le dije, no manches, ni tienes en que jugarlo, me vio con una cara de “touchè, me agarraste en curva”, entonces me dijo dame tu cinturón y te doy el mío, cuando vi su cinturón de verdad que era un cable cortado, y como traía aún el cuchillonavaja picándome la costilla, le dije “no importa, quédatelo”

Después me robaron un par de bicicletas, no en la misma ocasión, con un par de años de diferencia y amabas veces sin lujo de violencia, sin lujo de nada, yo ni me di cuenta, en serio que la habilidad para cortar candados de bicicletas está en un nivel superior. No entiendo porque los candaderos no contratan a unos rateros de bicis para mejorar sus candados, así estilo los bancos con los hackers para mejorar su seguridad, misterios del mundo capitalista.

El punto es, en todas esas ocasiones sí sentí feo que me quitaran mis cosas, dejando de lado el precio y el trauma, y no es que diga ¡uy! cuanto dinero tengo, lo voy a derrochar, no, sino lo que realmente me molesta más es que me rompen la comodidad y rutina, y peor aún, me dañan el presupuesto que bien pude gastar en cerveza y comida (de mis cosas favoritas por si a alguien le interesa). Por ejemplo, la vez del metro, llegando al concierto no podía avisarle a nadie de los que iba a ver que ya había llegado y que los veía abajito del arco de la entrada “G” junto al stand de los hot-dogs, antes de los baños ¡NO! No pude, y tuve que vagar intentando reconocer a alguno de mis amigos, cosa que no sucedió, esperando encontrar apoyo moral. Después no encontré apoyo moral sino burlas y me dijeron novato y que me faltaba calle, patrañas.

La vez del cuchillonavaja, sí tuve un pequeño trauma, no quería salir de mi casa para nada, y cuando lo tenía que hacer, iba por la calle caminando en un movimiento frontal y a la vez rotando en mi propio eje, cubriendo todos los ángulos, listo ante cualquier sorpresa, estaba en modo Unagui (referencia nerd de Friends). Clamaba venganza pero la verdad ni le vi la cara al del cinturón de cable.

Y luego, mis dos bicis, la primera una chulada de color rojo fuego con llantas negras como mi alma, que corría a velocidades impensables, era imparable en ella, se llamaba Rayito. Eramos como Gokú y su nube voladora, por la calle nos veían pasar, y no sabían qué era ese destello rojo y negro que apenas y alcanzaban a captar. Y un día, mejor dicho, una terrible noche que estaba de romántico en algún lugar que luego les contaré, la dejé esperándome afuera, en el frio de la calle, encadenada a un poste, maldigo esa decisión, pobre, no tenía la culpa. Cuando dije, es hora de irme, salí a la calle y Rayito ya no estaba. No había señales de su hermoso color rojo ni de sus llantas negras como mi alma. Se la habían llevado. Nunca más la volví a ver. Entonces qué pasó, además de que mi alma estaba destrozada y mi fé en la humanidad desaparecida, pues que mi medio de transporte se perdió y entonces llegaba tarde a todos lados, en el trabajo ya me decían buenas tardes cuando llegaba, afecto mi productividad, mis amigos ya no me hablaban porque ya era un tipo que se movía a una velocidad normal, las miradas ya no me seguían a mí, o sea, mi rutina se vio afectada porque unos zoquetes decidieron que mi bici les gusto.

Entonces tuve que hacerme de otra para poder seguir siendo de esos que el tráfico no los afecta, y era feliz con mi nueva bici, no muy feliz porque seguía extrañando a rayito, pero ya de menos podía movilizarme sin las broncas del estacionamiento que es el transito de la hermosa CDMX. A esta la llamé Trueno, porque si son un poco conocedores del clima sabrán que el trueno viene después del rayo, lo sé, pésimo chiste. Y continué así durante un par de años, yendo y viniendo a todos lados en bici, sin tener estrés alguno porque me hago dos horas de trayecto en un tramo de 10 km. Lo único malo son los días lluviosos pero de eso ya me quejé. Y todo era paz y tranquilidad hasta que el día de ayer un zoquete/imbécil decidió robarse a Trueno.

Desperté en la mañana con una sonrisa, como todos los días, y después de mi rutina matutina que es correr porque ya voy tarde, fui por mi bici y ya no estaba. Menté madres, y tuve que pedir un Uber, bastante caro a esas horas de la mañana, y en el carro iba con una cara como de quien pierde una estrella, que poca madre, pensaba, voy a tener que pagar Taxi, Uber, lo que sea para poder llegar al trabajo. Me habían tronado mi rutina de nuevo, mi comodidad y mi gran condición física se iba a ver mermada. Sí, tendré que gastar de nuevo, y aunque no lo crean soy muy codo, y comprarme una nueva bici (no sé aún cómo se llamará), y gastaré dinero que estaba destinado a cervezas y comida, porque a un mal parido se le ocurrió robarme mi bici ( y también la de otro vecino).

Y me dirán ¿y fuiste al MP a denunciar? Pues de las 4 veces, una fui y los policías terminaron intentando extorsionarme, la otra, creo que no hay muchos elementos para buscar un celular robado, y las de la bici, la fatídica noche en la que me arrebataron a Rayito, me acerqué a unos policías que estaban rondando por la calle y les comenté, sólo recibí un “Uy joven, por aquí se roban un buen de biciletas, no la hubiera dejado afuera”, gracias capitán obvio, nunca se me hubiera ocurrido eso. Esta última, lamentablemente no hice ni el esfuerzo, la policía y su trabajo me han decepcionado tanto como la selección mexicana y saber que el tocino es malo para la salud (no me importa). Así que sufro en silencio, y molestándolos a ustedes con mis quejas.

Entonces ¿por qué no me gusta que me roben? Pues porque además de ser una mentada de madre, afectan toda mi rutina, mi paz mental y precaria e inestable economía. Aunque si alguna nenorra me roba el corazón pues ya veremos, pero el corazón onírico, no el musculo cardiaco.

Y creo que a mi me ha ido leve, sé historias que no tienen un tono tan burlón como lo que me ha pasado. Así que humildemente exijo que nos den un poquito más de paz mental a los que vivimos en esta ciudad que de por si ya tiene mala fama. También, si alguien sabe algo de una bici roja con llantas negras que responde al nombre de Rayito, avísenme por fa.

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